Que Alegría Verte
Estoy contento ¿sabes?
Me encuentro en uno de esos días que pueden llegar a ser tan perfectos que flotas en la realidad y te transportas automáticamente de un lugar a otro. Este día es uno de esos. Has llegado, luego de 32 meses a el sitio en el que nos despedimos la última vez. Emocionado, he llegado dos horas antes de tu aparición, este tipo de cosas siempre me conmueven y me gusta que duren lo más posible, por eso mi anticipación. Te veo salir del aeropuerto. No puedo hacer más que correr hacia ti y abrazarte durante el tiempo que tú me lo permitas; te extraño.
Mis mejillas, adoloridas por la gran sonrisa que me has plantado. Mis ojos, sin ninguna tristeza, se llenan de lágrimas y las sueltan como alaridos de gloria. Sentir la forma en que abrazas era lo que más recordaba y anhelaba de ti en tu tiempo ausente. La calidéz reconfortante que te decía "Oye, estoy aquí". Mi mente no realiza ningún proceso de razonamiento, sólo lo básico y esencial. Dejamos el abrazo y nos miramos. Comenzaba a olvidar la profundidad de tu mirada, sincera y melancólica, a pesar de que todos los días, y sin exagerar, miraba la foto de aquel septiembre 29 de hace 4 años colocada en el banco de mi recámara. El cariño que te guardo no es cuantificable. No has esperado más y me cuentas de tu viaje, sin importar que todos los meses nos compartíamos una carta para actualizarnos de la vida ajena.
No medí el tiempo, debía prestarte atención. Es un poco tarde y el crepúsculo comenzaba a colorearse, decidimos terminar el día en el mismo bar que siempre. Viernes por la noche; mucho tráfico por el fin de semana. Primero que nada, te llevo en mi coche a tu casa para que dejes tu equipaje y podamos comenzar la noche. Tomarías una ducha y nos veríamos en el bar en una hora y media. Pasado el tiempo me dirijo al bar. Al encontrarme relativamente cerca decido caminar estacionando mi coche unas cuadras antes, ya que sé que no encontraré estacionamiento cerca del bar. A una cuadra del destino, te veo llegando en tu moto HarleyDavidson Iron 883, oscura y robusta; sonreí. Un automóvil blanco y gigante, para mi gusto, no se da cuenta que la flecha verde para retornar e ingresar al carril por el que vienes, ha dejado de iluminarse.
La Toyota Tundra gira velóz y pesadamente y ha llegado lateralmente hacia ti, haciéndote perder el equilibrio y derribándote. La pesada camioneta no tuvo más remedio que salvar su estructura metálica, pasando sobre ti; mi sonrisa se ha ido. Resulta indescriptible la melancolía del tiempo después de ese momento. Es el típico "tan despacio y a la vez tan velóz". La gente se aglomera para informarse de lo recién ocurrido. Era obvio que las cincuenta personas ayudarán; todos tienen algo que hacer. Trece personas me miran, se extrañan al ver mi rostro aterrado. Siete gritan y evaden el momento. Las restante se juntan cerca de ti para comprobar tu estado. No sé cuánto tiempo ha pasado, yo sólo repito la misma escena en mi cabeza: tu cráneo siendo destrozado por una de las llantas traseras del monstruo blanco.
Me han hecho reaccionar y ya no hay gente cerca de ti mas que hombres uniformados de azul y dos de blanco levantándote en un camilla. No entiendo por qué tienes una sábana azul celeste teñida desproporcionalmente de tinto. Está muerto. Escucho a uno de los oficiales apenado por darme la noticia. Su cabeza mira al piso como si yo fuera diminuto y se va tan pronto llega. Aún no muero, creo que estoy flotando en la realidad; me transporto a otro lado, quizá a la morgue para reconocer tu cuerpo o quizá esté muerto. Supongo que he de recordarte como en un día perfecto, tal vez te olvide porque mi memoria se desbarata, sin embargo, te quiere vivo; te quiero vivo. Mi visión se torna blanca, debo descansar después de la gran tarde en la que llegaste para ver mi sonrisa y mis lágrimas alegres; en la misma tarde que te fuiste robándome la felicidad y gran parte de mi vida consigo; vacío. Creo que jamás volverá a ser lo mismo. Me quedo eternamente dormido.
Me dio gusto verte.
Me encuentro en uno de esos días que pueden llegar a ser tan perfectos que flotas en la realidad y te transportas automáticamente de un lugar a otro. Este día es uno de esos. Has llegado, luego de 32 meses a el sitio en el que nos despedimos la última vez. Emocionado, he llegado dos horas antes de tu aparición, este tipo de cosas siempre me conmueven y me gusta que duren lo más posible, por eso mi anticipación. Te veo salir del aeropuerto. No puedo hacer más que correr hacia ti y abrazarte durante el tiempo que tú me lo permitas; te extraño.
Mis mejillas, adoloridas por la gran sonrisa que me has plantado. Mis ojos, sin ninguna tristeza, se llenan de lágrimas y las sueltan como alaridos de gloria. Sentir la forma en que abrazas era lo que más recordaba y anhelaba de ti en tu tiempo ausente. La calidéz reconfortante que te decía "Oye, estoy aquí". Mi mente no realiza ningún proceso de razonamiento, sólo lo básico y esencial. Dejamos el abrazo y nos miramos. Comenzaba a olvidar la profundidad de tu mirada, sincera y melancólica, a pesar de que todos los días, y sin exagerar, miraba la foto de aquel septiembre 29 de hace 4 años colocada en el banco de mi recámara. El cariño que te guardo no es cuantificable. No has esperado más y me cuentas de tu viaje, sin importar que todos los meses nos compartíamos una carta para actualizarnos de la vida ajena.
No medí el tiempo, debía prestarte atención. Es un poco tarde y el crepúsculo comenzaba a colorearse, decidimos terminar el día en el mismo bar que siempre. Viernes por la noche; mucho tráfico por el fin de semana. Primero que nada, te llevo en mi coche a tu casa para que dejes tu equipaje y podamos comenzar la noche. Tomarías una ducha y nos veríamos en el bar en una hora y media. Pasado el tiempo me dirijo al bar. Al encontrarme relativamente cerca decido caminar estacionando mi coche unas cuadras antes, ya que sé que no encontraré estacionamiento cerca del bar. A una cuadra del destino, te veo llegando en tu moto HarleyDavidson Iron 883, oscura y robusta; sonreí. Un automóvil blanco y gigante, para mi gusto, no se da cuenta que la flecha verde para retornar e ingresar al carril por el que vienes, ha dejado de iluminarse.
La Toyota Tundra gira velóz y pesadamente y ha llegado lateralmente hacia ti, haciéndote perder el equilibrio y derribándote. La pesada camioneta no tuvo más remedio que salvar su estructura metálica, pasando sobre ti; mi sonrisa se ha ido. Resulta indescriptible la melancolía del tiempo después de ese momento. Es el típico "tan despacio y a la vez tan velóz". La gente se aglomera para informarse de lo recién ocurrido. Era obvio que las cincuenta personas ayudarán; todos tienen algo que hacer. Trece personas me miran, se extrañan al ver mi rostro aterrado. Siete gritan y evaden el momento. Las restante se juntan cerca de ti para comprobar tu estado. No sé cuánto tiempo ha pasado, yo sólo repito la misma escena en mi cabeza: tu cráneo siendo destrozado por una de las llantas traseras del monstruo blanco.
Me han hecho reaccionar y ya no hay gente cerca de ti mas que hombres uniformados de azul y dos de blanco levantándote en un camilla. No entiendo por qué tienes una sábana azul celeste teñida desproporcionalmente de tinto. Está muerto. Escucho a uno de los oficiales apenado por darme la noticia. Su cabeza mira al piso como si yo fuera diminuto y se va tan pronto llega. Aún no muero, creo que estoy flotando en la realidad; me transporto a otro lado, quizá a la morgue para reconocer tu cuerpo o quizá esté muerto. Supongo que he de recordarte como en un día perfecto, tal vez te olvide porque mi memoria se desbarata, sin embargo, te quiere vivo; te quiero vivo. Mi visión se torna blanca, debo descansar después de la gran tarde en la que llegaste para ver mi sonrisa y mis lágrimas alegres; en la misma tarde que te fuiste robándome la felicidad y gran parte de mi vida consigo; vacío. Creo que jamás volverá a ser lo mismo. Me quedo eternamente dormido.
Me dio gusto verte.



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