Hotel Neruda No 3
Te recuerdo muy bien, aquella noche de
viernes, no había rastro de ningún alma rondando por los pasillos, como
siempre...
Claro! a esas horas quien se dispone a dar
un paseo por ahí, corredores llenos de oscuridad y con uno que otro
rayo de luz de luna asomándose por las rendijas o mejor aún, detenerse a fumar un
cigarrillo y observar como el humo se hace más espeso al contacto con la pálida
luz de la luna. ¿Quién se atrevería?
Así fue como te conocí, tomándome el
atrevimiento de ser quien hace esas cosas.
Venía del mismo lugar de siempre, del que
nunca te interesaba saber nada, absolutamente nada y el único sitio más cercano
donde podía llegar a descansar era este Hotel Neruda.
Yo planeé pasar todas mis noches de
viernes allí y alguna que otra noche de sábado también. Exhausta me sentía para
conducir hasta casa. 42 millas, parecían ser como una competencia de canotaje
interminable sin corriente que pudiese aprovechar para llegar a la meta sin
esfuerzo agotador alguno. Es por eso que mi paradero era en este hotel de
carretera, muy cómodo por cierto, y más aún con tu presencia y calidez humana.
Eran alrededor de las cuatro de la
madrugada cuando llegué en mi Suzuki, un vehículo no muy acorde para una chica,
pero eso que importa, mi madre corría y yo de cierta forma haría lo mismo y con
la misma seguridad y firmeza. Viajar en motocicleta es más interesante que ir
dentro de una caja de metal con cuatro ruedas. El contacto con el viento, la
brisa del espumoso gris y la libertad que se siente ir tan rápido pero a ti
nada de eso te agradaba verdad bebé? Pude sentir tu miedo escalofriante en todo
tu noble ser y me llamabas loca! Qué más hacía? mi padre peleaba con mi madre por
lo mismo, qué más da, ese era nuestro verdadero estilo.
Y finalmente lograste dejar ese miedo atrás
y me aprendiste todas mis mañas y más allá de lo que pude enseñarte, tuviste tu
propio estilo y eso me deslumbró por completo entre tantas cosas más.
Metí el casco en el espacio que se
encuentra debajo del asiento y caminé hasta el interior del hotel y me dirigí
al segundo piso donde se encontraba mi habitación, la numero 2 al final del
pasillo. El inmueble era todo de madera y a cada paso que daba se escuchaba el
ruido de mis tacones altos golpeando el piso.
Hacía un aire fresco muy agradable que me
condujo a una escotilla que permitía que el viento acariciara mi cara con un
aroma refrescante a rosas muy perfumadas y decidí encender un cigarrillo. Me
mantuve muy relajada ese instante donde solamente me encontraba yo, sola con mi
pesadez, recargada en la pared a un costado de esa pequeña ventana descansando
sin estar precisamente recostada en mi recamara, realmente tuve un suspiro de
aire fresco que me cayó bastante bien.
De pronto se escuchaba un golpeteo, no tan
fuerte como el que yo hacía con mis tacones pero sabía que alguien se acercaba
y no presté mucha atención hasta que vi una silueta detrás de mí y pude verla
por la luz que entraba de la ventanilla. Una sombra, era una chica, eras
tú.
-!Está prohibido fumar aquí dentro¡
Además es muy tarde para rondar por los pasillos haciendo tanto escándalo con
esos zapatos puestos.-dijiste.
De verdad fue desagradable escuchar eso,
estaba a la mitad de terminar mi cigarrillo para después entrar a mi
habitación, pero esa inspiración, ese soplo lozano provocado por el armónico ir
y venir del viento se desvaneció.
-Disculpa! -dije. Di una última
calada a mi Marlboro y después lo arrojé por la cavidad de la escotilla y
seguía en la misma posición viendo tu silueta de reojo al lado derecho y del
lado izquierdo tu sombra proyectada en la pared.
- Pareces estar muy cansada,
deberías irte a descansar ya. -Aquella voz cambió de un poco imponente a una
voz dulce y tierna que llamó mi atención. Volteé mi mirada hacia contigo y
sentí como si hubiera visto la hermosura traída del paraíso. Tu rostro, esos
labios delgados que marcaban la sonrisa más perfecta, esa nariz fina y
delicadamente afilada, el brillo resplandeciente de tus ojos vistos a través de
la luz que en ese momento trajo el crepúsculo, tu cabello tan brillante del
mismo color de tu mirada y esa figura tan escultural como tallada por los
mismos artistas de Notredame. Era algo raro que jamás me había pasado al
volverme hacia una chica que hablaba tan valiente y tan dulce. Fue la primera
vez que me sentí atraída por una chica y sentí que eso era algo formidable.
-Me llamo Anastasia -te dije
mirándote a los ojos.
-Sí, lo sé, tú eres la chica de la
habitación dos verdad? -me decías mientras me mirabas con una sonrisa
desafiante- Anastasia Lyn. -continuaste- Se te ha olvidado esta vez
quitarte esos tacones, esos escandalosos tacones. Yo soy Miranda.
Sonreíste dulcemente y me extendiste tu
mano y al contacto con la mía nos estrechamos, tu mano tan suave como la seda y
mi mano un poco áspera.
-Un gusto conocerte y disculpa
nuevamente, la verdad siempre lo hago, caminar descalza para evitar el ruido
pero esta vez no sé en qué estaba pensando y... cómo es que me conoces?
-Yo conozco a todos en este lugar, soy la dueña de este hotel y cada viernes te veo llegar como a esta hora, pero ahora, antes
de entrar a tu cuarto te detuviste a fumar, la verdad es que todos lo hacen y
no hay ningún problema, solo pienso que una mujer tan linda no debería hacerlo.
Por eso vine. –seguía la sonrisa desafiante.
Buscaba en mi bolso las llaves de mi
habitación y no estaban mientras te decía.
-Entonces... me espías?
-No exactamente. Solo me doy cuenta quien entra y quien sale.
-Perdí mis llaves, quizá me puedas
ayudar? -pregunté preocupada.
-Ammm... No, mi hermano, te dio el
repuesto y ya no tenemos más.
-Entonces proporcióname otra
habitación, necesito irme a descansar.
-Lo siento pero ya no tenemos
habitaciones. Puedes quedarte en la mía, estarás cómoda, nadie te molestará, yo
estoy haciendo guardia esta noche, así que estarás sola y tranquila.
-Oh! Ahora entiendo. –Había entendido
porque me veías llegar. –Aahh No lo se- titubeé un momento pero enseguida dije. -está
bien, acepto, pero la verdad me da algo de pena.
-No te preocupes, sígueme.
Y de esa forma nos conocimos y nos hicimos
buenas amigas. Yo te visitaba cada sábado por la tarde y me encantaba
hacerlo. Desde el principio me pareciste interesante. Nunca había tenido una amiga. Realmente nos conocimos bastante, vencimos
el miedo de hablar sin pena y hablábamos
de todo y todo era tan similar. Nuestros gustos por la música, la literatura,
la danza, nuestros pensamientos, nuestros ideales…
Cada vez que entraba a tu habitación era
como cambiar de un mundo a otro; eras la artista más hermosa que conocí en el
tiempo que coincidieron nuestras vidas, tenías un violín en la pared, me
dijiste que tu madre era una violinista y que habías aprendido a tocar toda su música, también
tenías un piano de madera de acacia como el que mi madre tenía en casa, ella siempre
me tocaba canciones de cuna cuando era niña. La pared que daba la espalda hacia
el norte estaba repleta de pinturas y dibujos creados por ti y alguno que otro
por Marc, tu hermano, con un estilo que proyectaba nostalgia. Junto a la
ventana tenías un escritorio y sobre él una serie de libros escritos por tu
puño y letra que me permitiste leer; amabas tanto la poesía, lo más sorprendente
fue encontrar un espacio de duela rodeado por espejos y una barra para practicar
ballet pegada en la pared que me recordó a mi madre, era una bailarina resplandeciente
que me enseñó todos sus saberes pero la diferencia entre mi madre y yo de ser
una bailarina radicaba en que yo fui una cabaretera que bailaba para los hombres y no supe
hacer otra cosa, la amarga realidad me condujo a esas circunstancias infortunadas.
Eras como mi madre eso fue lo que me
deslumbró.
Tú estabas convertida en la artista más
espectacular de aquella época pero no lo sabías, ya eras famosa y tu corazón ya
estaba convertido en una leyenda y me enamoré de ti.
Yo tocaba el piano, mientras tú me seguías
con el violín, escribíamos poesías, bailábamos, cantábamos melodiosas, tomábamos
tequila, reíamos y llorábamos por nuestras penas en plena puesta de sol.
No me imagine encontrar a alguien como tú,
y me siento afortunada de que así haya sido. Sabías todo de mí, quien era y que
era lo que hacía.
Me hiciste renacer y vivía en dos mundos a la vez.
-Estoy feliz por haberte encontrado
Anastasia. –Dijiste y después diste un trago a la botella de tequila que conseguimos.
-Yo me siento feliz y afortunada por estar
aquí a tu lado, me encanta reír contigo, me encanta cuando estamos juntas
compartiendo nuestra locura, y…
-Y eso es algo hermoso. –Me interrumpiste
y me tomaste de la mano y mirándome con un brillo en los ojos me dijiste. –Por favor
no te vayas nunca.
Te besé y después te abracé, de esa manera
comencé a quererte más.
-No lo haré. –contesté. La verdad es que
nunca a ninguna le había pasado esto y fue algo perfecto, nos complementábamos la
una a la otra.
Finalmente tomaste otro camino.
Me dijiste que preferías hombres apuestos pero
que por mi harías una excepción.
Pero fuiste tú quien se fue, no es así nena?
Me dijiste que te irías lejos mientras las
limusinas te esperaban en la calle.
Yo intenté complacerte, dejé de bailar para
los hombres.
Aun así no vi oprimida la figura de tu grandeza,
ni siquiera supe cuáles fueron las razones.
Lo nuestro era llamado amor por los
trabajadores del camino, posiblemente lo siga siendo aun después de haberte marchado.
Tú simplemente le diste la espalda a la multitud, yo era esa multitud que aclamaba tu grandeza.
Te fuiste, nunca te escuché decir; te
necesito, no te necesito.
No pretendo sugerir que fui quien mejor te
amo, no puedo seguir llevando la cuenta de cada viernes caído, sin embargo,
sigo viéndolos caer; puesta de sol, mismo lugar, tacones altos, petirrojos encendidos, lozano
viento y la luna llena...
Te recuerdo muy bien en este Hotel Neruda numero 3,
eso es todo, ni siquiera pienso en ti tan a menudo.
Aarón He Az



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